Autor: Hernán Toro - Escépticos Colombia
Publicado en: Blogs del periódico El Tiempo - Julio 12 de 2007 Nota: Para conocer las opiniones de otros visitantes y participar en el debate de este artículo, le sugerimos visitar la versión que se encuentra en la sección de Blog del Tiempo, aqui.
La percepción sobre nuestros procesos mentales es radicalmente distinta de la que tenemos sobre los objetos naturales, incluidos nuestros cuerpos. Los primeros son intangibles, etéreos, casi mágicos, ocurren en nuestro ser más interno: nuestro yo; los segundos son materiales, tangibles, sensibles, ocupan espacio. Esta diferencia es tan asombrosa que nuestros antepasados postularon un ente incorpóreo e intangible, que animaría nuestros cuerpos materiales. Aunque hay variaciones según la cultura y el credo, este concepto se conoce como "espíritu" o "alma", la cual, según la Enciclopedia Católica, sería el principio interno último por el cual pensamos, sentimos, tenemos voluntad, y por la cual son animados nuestros cuerpos.
Si algo sabemos con certeza es que nos llegará la muerte, y si algún instinto universal tienen los seres vivos, es tratar de evitarla al máximo. La muerte propia o de los seres queridos es el peor golpe que recibimos como personas. Esto hace que la creencia en el alma sea tranquilizante: su presunta indetectabilidad e incorporeidad sería nuestro salvavidas. Este principio "espiritual" entraría en el cuerpo en el momento de su concepción, y lo abandonaría en su deceso. Gracias a ella entraríamos en contacto con la Divinidad y podríamos percibir su acción: revelaciones, dones, profecías, visiones, y demás experiencias religiosas tendrían su base en el alma.
En todo caso, este mito es muy tranquilizante. Si fuera cierto, no tendríamos el sombrío panorama del fin de nuestra existencia. Si existiera, esta vida sería sólo un tránsito temporal; un intermedio entre la inexistencia y la verdadera vida eterna: algo secundario. Si no existiera, esta sería nuestra única oportunidad de vivir y ser felices. La actitud ante la vida es radicalmente diferente dependiendo de qué postura se asuma. ¿Existe el alma? ¿Hay forma de refutarla? Los creyentes, excusándose en su hipotética inmaterialidad dirán que ningún experimento científico puede dilucidarlo. Al contrario, los racionalistas ven que dicho concepto propone una dicotomía de modelos conceptuales sobre la existencia. La primera opción postula que la esencia de la persona no es material sino espiritual, que nuestra mente es el resultado de la actividad del alma inmortal y eterna. La segunda postula lo contrario: nuestra mente sería el resultado de la actividad del cerebro. Si el modelo religioso fuera cierto, la conciencia, la voluntad, la inteligencia, y los sentimientos estarían basados en un ser inmaterial e indivisible, que sólo utilizaría el cuerpo como vehículo temporal y como medio de comunicación. Las averías del vehículo no podrían generar averías en el alma; a lo sumo podrían privarla de información pero no alterarían su autoconciencia, su esencia y sobre todo, su UNICIDAD. ¿Hay forma de contrastar estas predicciones? Ignorando los incontables ejemplos obstétricos tratados previamente, las neurociencias han aportado información de sobra para decidir cuál modelo es correcto. Después de más de un siglo de neurología clínica y psiquiatría, hoy día sabemos que la base del pensamiento es el cerebro. Esto ha quedado patente en las antiguas cirugías a cráneo abierto con el paciente consciente (1), y hoy día con modernas técnicas de imágenes diagnósticas no invasivas como la tomografía por emisión de positrones o la resonancia magnética funcional, es posible ver el patrón de actividad del cerebro (2), y se sabe qué zonas del cerebro se activan para diversas funciones. Entre muchos otros descubrimientos, se ha encontrado la lateralización cerebral: cada lado del cerebro cumple funciones específicas y diferentes entre sí: esto ha sido evidente en pacientes a los que por algún motivo grave se les ha tenido que extraer medio cerebro (3). El hemisferio cerebral izquierdo es analítico, racional, lógico; el hemisferio derecho es globalizante, intuitivo, holístico. El izquierdo encuentra la mancha negra en la pared blanca y el derecho nos permite ver el bosque a pesar de los árboles. El izquierdo procesa el lenguaje (en el área de Broca) y el derecho procesa la percepción espacial; el izquierdo es obstinado y el derecho abierto a cambios; en los lóbulos occipitales del cerebro se encuentra la corteza visual primaria, de tal forma que el hemisferio izquierdo del cerebro procesa la mitad derecha del campo visual de los dos ojos y viceversa. Sabemos que los lóbulos frontales tienen importantes funciones de planificación a futuro, los lóbulos temporales sirven en el reconocimiento de patrones (entre ellos rostros), y en particular, el hipocampo, es indispensable para formar nuevos recuerdos. También se ha descubierto que daños puntuales en alguna zona particular del cerebro destruyen funciones mentales específicas de la persona. Por ejemplo, una apoplejía en el hemisferio cerebral derecho, aparte de paralizar el lado izquierdo del cuerpo, a veces puede generar heminegligencia: un trastorno en el cual el paciente deja de prestar atención a su lado izquierdo del universo: estos pacientes dejan totalmente descuidado medio lado de su cuerpo, comen la mitad del plato, o se maquillan la mitad del rostro, al cruzar una calle no son conscientes del tránsito por un lado de ella; en palabras simples, para ellos medio universo no importa. En casos extremos puede darse anosognosia, que es una negación de la parálisis a pesar de ser evidente. Un paciente con anosognosia puede llegar a extremos de confabulación tales que cuando se le pide que aplauda, puede decir que lo está haciendo y que oye las palmadas, a pesar de sólo estar aleteando con su mano derecha mientras su brazo izquierdo cuelga inerte (4). Un daño en el lóbulo temporal del cerebro puede incapacitar a las personas para reconocer rostros. Pueden ver, analizar figuras, moverse en el espacio, pero quedan incapacitados para reconocer rostros y reacciones faciales. Este trastorno, conocido como prosopagnosia fue inmortalizado en el libro de Oliver Sacks "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero"(5). Por otra parte, una persona que sufra una lesión en el lóbulo parietal del cerebro puede terminar con la comprensión y percepción espacial deteriorada hasta el punto de no ser capaz de dirigir su vista adecuadamente. No obstante, podrá reconocer rostros, si caen en el centro de su campo visual.
Uno de los peores daños que puede sufrir el cerebro son las lesiones en el hipocampo. Cuando esto ocurre, se puede generar amnesia anterógrada, que imposibilita la creación de nuevos recuerdos. Para efectos prácticos, estas personas quedan congeladas para siempre en el instante en que recibieron la lesión. Al paciente clásico de la literatura, Henry M., nacido en Hartford, Connecticut en 1926, aún vivo, al presentarle una persona, puede conversar amablemente durante minutos de forma aparentemente normal, pero al desviar su atención de ella, después será incapaz de reconocerla. No recordará absolutamente nada de la conversación ni de la persona a los pocos segundos de haberla dejado de mirar. Alguien con este tipo de amnesia puede leer eternamente el mismo periódico todos los días, y todos los días será una novedad. Se le puede contar un chiste mil veces y las mil veces reirá a carcajadas como si lo hubiera escuchado por primera vez. Henry M. es incapaz de formar nuevas amistades; para él, Harry Truman es el presidente actual de los Estados Unidos, y cuando se le pregunta su edad, dice que es alrededor de 30 años (la que tenía al momento de la operación que le generó la amnesia) y por ello, cada vez que se mira al espejo, queda profundamente impactado por el anciano que ve en su reflejo.
Que daños específicos en el cerebro generen daños específicos en la persona, muestra que no es una mítica alma lo que nos dota de pensamiento, sentimientos y voluntad, porque si así fuera, ningún daño en el cerebro podría causar daños localizados en estas funciones. A lo sumo, se podría deteriorar el control del alma sobre el cuerpo, pero la consciencia inmortal e indivisible, la chispa divina en el hombre, no podría verse afectada por lo que sufriera el intercomunicador biológico. El caso conmovedor de Henry M., congelado eternamente en el mismo instante, con incapacidad perpetua para recordar nuevos datos por la extracción de sus hipocampos cerebrales, muestra cuán insultante es el concepto de alma inmortal para explicar la mente. Hay otros aspectos teológicos interesantes que ha descubierto la neurología. En particular, se ha establecido que ataques de epilepsia del lóbulo temporal del cerebro pueden generar alucinaciones, oír voces, experimentar ceguera temporal, tener sensaciones numinosas y todo tipo de manifestaciones religiosas. Más aún, al estimular eléctricamente estas zonas de la corteza cerebral, los pacientes terminan describiendo experiencias místicas prácticamente indistinguibles de las que se encuentran en las descripciones de los visionarios, profetas y santones orientales. Hoy día, los neurólogos que no reprimen su racionalidad con míticos de infancia, reconocen abiertamente los testimonios de conversión de Saulo de Tarso en Hechos de los Apóstoles (al quitarles sus leyendas tardías) concuerdan a la perfección con un ataque de epilepsia del lóbulo temporal. Pero el impacto de la neurología sobre la teología no para aquí. Tal vez el aspecto más maravilloso y que establece fuera de toda duda cuál es la base de la persona, viene de una cirugía contra la epilepsia que se realizaba a mediados del siglo XX: “la callotomía cerebral”. Se cercenaba el haz de FIBRAS En una prueba clásica, se le mostraba al paciente una figura en el campo visual izquierdo (que es examinado por el hemisferio derecho) y no se le presentaba nada al campo visual derecho (examinado por el hemisferio izquierdo). Al preguntársele qué había visto, respondía que nada (el habla es controlada por el área de Broca en el hemisferio izquierdo) pero al entregarle un lápiz a la mano izquierda (controlada por el hemisferio derecho) y pedírsele que dibujara lo que vio, invariablemente dibujaba la figura presentada. El hemisferio izquierdo ignoraba lo que sabía el derecho y viceversa. El fenómeno es tan asombroso, que el mismo paciente (su hemisferio izquierdo) expresaba verbalmente su asombro al ver el dibujo realizado, después de haber dicho que no había visto nada. En palabras simples, la callotomía cerebral dividía mentalmente al paciente en dos personas independientes e inconexas. Aunque suene cruel, el paciente podría jugar al juego de las veinte preguntas él solo: el hemisferio izquierdo podría pedir en voz alta al hemisferio derecho que piense en un objeto y luego comenzar a hacerle preguntas; éste a su vez podría dar golpecitos con la mano izquierda en el lado derecho del cuerpo (uno para "sí", dos para "no") para responderle al hemisferio izquierdo. Este es el golpe de gracia al concepto de "alma". Si el alma fuera la sede de la conciencia, y el cerebro sólo un mecanismo de comunicación, la integración de información debería darse en el alma inmortal e indivisible. No importaría que no hubiera puente entre los hemisferios: el alma sería el puente entre ellos, ya que la consciencia y el pensamiento -la integración de la persona- se darían en ella. El que la callotomía genere dos personas distintas con aspectos mentales complementarios y pensamientos aislados es la demostración científica de que el alma no es más que un embeleco metafísico inútil e inexistente. Pero los golpes a la teología no acaban: se ha descubierto que con el tiempo, el hemisferio cerebral derecho de los pacientes con callotomía termina aprendiendo algunas nociones básicas de lectura que permiten hacerle preguntas simples tipo SÍ/NO/NO SÉ. Para preguntas como "¿Estamos en Estados Unidos?", "¿Su nombre es Michael?", "¿Su sexo es masculino?", se obtenían respuestas correctas e idénticas de ambos hemisferios, pero Vilayanur Ramachandran (6) reportó un resultado impactante: al preguntarle al hemisferio derecho (el artista, el creativo, el fantasioso, el irracional) si creía en Dios, respondía "sí". Al hacerle la misma pregunta al hemisferio cerebral izquierdo (el analítico, el racional, el matemático, el lógico, el científico), la respuesta era asombrosa: NO. Este es el golpe más contundente para las nociones religiosas ingenuas que creen que somos personas por un alma de fantasía única e indivisible que alguna divinidad mítica infunde en el cuerpo. Los pacientes con callotomía cerebral demuestran que un tajo en un manojo de nervios puede dividir a una persona tan abruptamente que media de ella queda creyente, y la otra media, atea. Ramachandran señala humorísticamente el problema teológico que esto engendra: al morir el paciente, ¿un hemisferio se va al infierno y otro al cielo? La pregunta, que pondrá a cavilar a cualquier creyente, muestra el absurdo del animismo y el espiritualismo desde el punto de vista científico. Como si no bastara, un último golpe a la explicación espiritualista de la persona humana viene del campo de la neurocomputación y las redes neuronales artificiales. Si el dogma espiritualista fuera cierto, para que hubiera procesos equiparables a los mentales, se requeriría un alma. Ningún artilugio electrónico inanimado podría llegar a recordar, reconocer patrones, imitar fenómenos, o aprender. Por el contrario, si la teoría materialista de la conciencia fuera correcta, sería concebible imitar la arquitectura del cerebro para fabricar máquinas que exhibieran procesamiento cerebral análogo al de los seres vivos. ¿Cuál ha sido el resultado? La neurocomputación, inspirada en la arquitectura neuronal de los cerebros, ha diseñado redes neuronales artificiales, basadas en microelectrónica, que exhiben las mismas propiedades de las redes neuronales de cerebros biológicos. Estos circuitos "sin alma" pueden APRENDER a reconocer patrones (como detectar visualmente células cancerosas con más eficiencia que un oncólogo), a imitar otro fenómeno físico (como modelar automáticamente un proceso industrial para hacer control sobre él), a auto-organizarse y reconocer patrones ocultos en datos aparentemente aleatorios (mapas autoorganizantes que discriminan elementos de un contexto sin entrenamiento previo), etc. El hecho de que los sistemas neuronales artificiales exhiban los mismos atributos de sus contrapartes biológicas demuestra que éstos no se deben a un alma inmortal e inmaterial, sino que son el resultado del funcionamiento del sistema de cómputo neuronal. La irrelevancia del alma ha sido expuesta por todos los campos posibles del conocimiento científico. Sólo la ignorancia de estos últimos avances humanos y el pavor a la muerte, hacen que buena parte de la humanidad recurra a estas creencias infantiles tranquilizantes. No somos un alma encarnada en un cuerpo. Las personas no somos más que la actividad de nuestro cerebro. Esto lo vive dolorosamente cualquier persona que tenga un pariente con Alzheimer: minúsculos daños vasculares que van acabando el cerebro, a la vez van destruyendo funciones mentales específicas; la persona amada se va diluyendo gradualmente como una pintura en acuarela sumergida en un balde de agua. Cuando se destruye el cerebro, se destruye la vida intelectiva y por tanto, la persona. Sin cerebro, no hay persona. Repitiendo la frase de Héctor Abad Faciolince, el alma no sólo no es inmortal, sino que es más mortal que el cuerpo. Notas
[1]. Se encuentra una actividad divertida y didáctica que enseña cómo se mapeó la corteza motora del cerebro, en el enlace:
http://www.pbs.org/wgbh/aso/tryit/brain/ [2]. Se puede encontrar un artículo sobre los modernos métodos de visualización de la actividad cerebral en tiempo real, en: http://www.psc.edu/science/goddard.html [3]. Por increíble que parezca, un ser humano puede sobrevivir si pierde uno de los dos hemisferios cerebrales, pero las consecuencias para su personalidad son enormes. [4]. Este y la mayoría de los casos que se mencionan en este artículo se pueden consultar en el libro "Fantasmas en el cerebro" de V. S. Ramachandran y Sandra Blakeslee, y en "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero", de Oliver Sacks, el doctor real que inspiró la película "Despertares", protagonizada por Robin Williams. [5]. La siguiente página ilustra cómo es vivir sin el módulo cerebral para detección de rostros; la autora misma sufre de prosopagnosia: http://www.prosopagnosia.com/main/stones/index.asp [6]. Se puede encontrar el vídeo de la conferencia de Ramachandran para Beyond Belief 2006, en la cuarta sesión de noviembre 5, 2006 en: http://beyondbelief2006.org/watch/ |
A mis hijos Ivo Valentino y Ornella Constanza, quienes al llegar al mundo le dieron un sentido especial a mi vida, y de quienes espero puedan disfrutar la alegría que puede deparar la aventura del conocimiento.
domingo, 24 de agosto de 2014
Acerca de un mito arcaico
lunes, 11 de agosto de 2014
Naturalismo y Sobrenaturalismo
A Daniel Barona Narváez
El naturalismo es la concepción del mundo que afirma que la realidad está constituida exclusivamente por entidades naturales, y que los procesos que ocurren son naturales y legales. Es decir, afirma que no existen espíritus (dioses, demonios o fantasmas), ni eventos tales como los milagros.
El sobrenaturalismo es, obviamente, la concepción opuesta. Afirma que existen entidades y procesos sobrenaturales, lo cual es compatible con la religión y un montón de creencias populares.
Puesto que naturalismo y sobrenaturalismo son concepciones del ser humano, existen varias clases de individuos en lo que a la concepción del mundo respecta: naturalistas absolutos y naturalistas "parciales", es decir aquellos que aceptan la existencia de procesos naturales pero a la vez consideran que existe un espectro de entidades y hechos relegados a la esfera de lo sobrenatural, y la clase la de aquellos que no toman partido por ninguna de las posturas citadas, porque simplemente no les interesa. Quien afirma “no creo en las brujas, pero que las hay, las hay”, o “creo en Dios pero no en el milagro de la concepción de su hijo” caen en esta categoría, (mas allá del carácter circunstancial o humorístico que puedan tener estas expresiones), no se ha detenido a pensar acerca de las incoherencias y contradicciones que estas afirmaciones implican si se toman seriamente. Simplemente no asume una decisión acerca de estas cuestiones fundamentales acerca del Ser y el Devenir.
En el caso del naturalista genuino, éste aspira a adoptar una profunda convicción filosófica acerca de cómo es y funciona el mundo. Toma una decisión. Lo mismo vale para el naturalista parcial.
Para el naturalista genuino, no existen medias tintas: se cree o no en la magia, se cree o no en espíritus, se cree o no en milagros, se cree o no, no se cree a medias.
Para el individuo naturalista, las preguntas nunca se agotan, y jamás se encuentran todas las respuestas, (o respuestas definitivas). El proceso de su cuestionamiento es, por así decirlo, infinito, no tiene retorno. Por eso tiene la capacidad de ampliar su conocimiento. Ante un hecho inexplicable, no afirma tener la razón, sino que exige que se busquen explicaciones naturales. Nunca renuncia a esperar que los procesos puedan explicarse en base a la postura ontológica que ha asumido. El naturalista es, por naturaleza, crítico, indagador y aferrado a la razón, y, por supuesto, valora el conocimiento obtenido científicamente.
Aquel que admite la existencia de procesos sobrenaturales asume otra actitud. En cierto nivel del análisis de la realidad, renuncia a pensar, afirmando que la capacidad de la razón ha llegado a un límite y aceptando por tanto la existencia de entidades y/o procesos sobrenaturales, (como en el caso de las supuestas “curas milagrosas” o “milagros divinos”). Se sume en el irracionalismo, aún ante las más contundentes evidencias científicas o del sentido común que puedan refutar sus afirmaciones. Paradójicamente, y como lo muestra la historia, puede tratarse del individuo más instruido que podamos imaginarnos, o el que más enciclopedias haya leído, pero esto no cambia su condición: es un conformista intelectual. En efecto, ante lo incomprensible, se limita a afirmar que la razón humana es insuficiente para abordar el conocimiento de ciertos aspectos del ser y el devenir.
Y de esto concluye que “hay que creer en algo sobrenatural”. No acepta el reto de esforzarse por intentar comprender el mundo objetivamente, de tratar de averiguar cómo y por qué ocurren las cosas.
El naturalismo supera al sobrenaturalismo, ¿en qué sentido? Paso a exponer al menos dos razones:
-a) La postura sobrenaturalista conduce a la decadencia intelectual y al irracionalismo. El sobrenaturalismo, siendo muchísimo mas antiguo que el naturalismo, no ha hecho más que frenar el avance del conocimiento humano. En particular, los dogmas religiosos históricamente censuraron el pensamiento crítico, (piénsese solo en Galileo, Kepler o Giordano Bruno). El sobrenaturalismo ha quedado reducido a la creencia ciega (la fe), a la domesticación de cerebros, a la persistencia de fantasías cada vez más difíciles de sostener a la luz de los conocimientos actuales, tal como la supuesta vida eterna, al conformismo de aceptar “misterios” inaccesibles a la razón. Ahora bien, ¿por qué persiste?, he aquí algunas posibles razones (que solo me limitaré a mencionarlas aunque merecen un análisis detallado):
- la aceptación de dogmas e inculcación de los mismos a través de generaciones, caso de las religiones.
- la ignorancia y especialmente el desconocimiento de los fundamentos filosóficos de la ciencia (y la técnica).
- la deficiencia educativa en lo que respecta a la promoción del pensamiento crítico, en oposición al pensamiento mágico y místico.
-b) El sobrenaturalismo, en cuanto cuerpo de ideas que puedan servir para algo, quedó rezagado respecto de la evolución de la cultura humana. En efecto, desde el punto de vista pragmático, no se conoce ningún logro práctico fundado en la creencia en espíritus, almas o fantasmas, ni ningún descubrimiento de alguna pauta de la naturaleza que nos permita dominarla (al menos parcialmente). Por el contrario, el naturalismo estimula y promueve el desarrollo de la Ciencia y la Tecnología, cuyos logros están a la vista.
El naturalismo es la concepción del mundo que afirma que la realidad está constituida exclusivamente por entidades naturales, y que los procesos que ocurren son naturales y legales. Es decir, afirma que no existen espíritus (dioses, demonios o fantasmas), ni eventos tales como los milagros.
El sobrenaturalismo es, obviamente, la concepción opuesta. Afirma que existen entidades y procesos sobrenaturales, lo cual es compatible con la religión y un montón de creencias populares.
Puesto que naturalismo y sobrenaturalismo son concepciones del ser humano, existen varias clases de individuos en lo que a la concepción del mundo respecta: naturalistas absolutos y naturalistas "parciales", es decir aquellos que aceptan la existencia de procesos naturales pero a la vez consideran que existe un espectro de entidades y hechos relegados a la esfera de lo sobrenatural, y la clase la de aquellos que no toman partido por ninguna de las posturas citadas, porque simplemente no les interesa. Quien afirma “no creo en las brujas, pero que las hay, las hay”, o “creo en Dios pero no en el milagro de la concepción de su hijo” caen en esta categoría, (mas allá del carácter circunstancial o humorístico que puedan tener estas expresiones), no se ha detenido a pensar acerca de las incoherencias y contradicciones que estas afirmaciones implican si se toman seriamente. Simplemente no asume una decisión acerca de estas cuestiones fundamentales acerca del Ser y el Devenir.
En el caso del naturalista genuino, éste aspira a adoptar una profunda convicción filosófica acerca de cómo es y funciona el mundo. Toma una decisión. Lo mismo vale para el naturalista parcial.
Para el naturalista genuino, no existen medias tintas: se cree o no en la magia, se cree o no en espíritus, se cree o no en milagros, se cree o no, no se cree a medias.
Para el individuo naturalista, las preguntas nunca se agotan, y jamás se encuentran todas las respuestas, (o respuestas definitivas). El proceso de su cuestionamiento es, por así decirlo, infinito, no tiene retorno. Por eso tiene la capacidad de ampliar su conocimiento. Ante un hecho inexplicable, no afirma tener la razón, sino que exige que se busquen explicaciones naturales. Nunca renuncia a esperar que los procesos puedan explicarse en base a la postura ontológica que ha asumido. El naturalista es, por naturaleza, crítico, indagador y aferrado a la razón, y, por supuesto, valora el conocimiento obtenido científicamente.
Aquel que admite la existencia de procesos sobrenaturales asume otra actitud. En cierto nivel del análisis de la realidad, renuncia a pensar, afirmando que la capacidad de la razón ha llegado a un límite y aceptando por tanto la existencia de entidades y/o procesos sobrenaturales, (como en el caso de las supuestas “curas milagrosas” o “milagros divinos”). Se sume en el irracionalismo, aún ante las más contundentes evidencias científicas o del sentido común que puedan refutar sus afirmaciones. Paradójicamente, y como lo muestra la historia, puede tratarse del individuo más instruido que podamos imaginarnos, o el que más enciclopedias haya leído, pero esto no cambia su condición: es un conformista intelectual. En efecto, ante lo incomprensible, se limita a afirmar que la razón humana es insuficiente para abordar el conocimiento de ciertos aspectos del ser y el devenir.
Y de esto concluye que “hay que creer en algo sobrenatural”. No acepta el reto de esforzarse por intentar comprender el mundo objetivamente, de tratar de averiguar cómo y por qué ocurren las cosas.
El naturalismo supera al sobrenaturalismo, ¿en qué sentido? Paso a exponer al menos dos razones:
-a) La postura sobrenaturalista conduce a la decadencia intelectual y al irracionalismo. El sobrenaturalismo, siendo muchísimo mas antiguo que el naturalismo, no ha hecho más que frenar el avance del conocimiento humano. En particular, los dogmas religiosos históricamente censuraron el pensamiento crítico, (piénsese solo en Galileo, Kepler o Giordano Bruno). El sobrenaturalismo ha quedado reducido a la creencia ciega (la fe), a la domesticación de cerebros, a la persistencia de fantasías cada vez más difíciles de sostener a la luz de los conocimientos actuales, tal como la supuesta vida eterna, al conformismo de aceptar “misterios” inaccesibles a la razón. Ahora bien, ¿por qué persiste?, he aquí algunas posibles razones (que solo me limitaré a mencionarlas aunque merecen un análisis detallado):
- la aceptación de dogmas e inculcación de los mismos a través de generaciones, caso de las religiones.
- la ignorancia y especialmente el desconocimiento de los fundamentos filosóficos de la ciencia (y la técnica).
- la deficiencia educativa en lo que respecta a la promoción del pensamiento crítico, en oposición al pensamiento mágico y místico.
-b) El sobrenaturalismo, en cuanto cuerpo de ideas que puedan servir para algo, quedó rezagado respecto de la evolución de la cultura humana. En efecto, desde el punto de vista pragmático, no se conoce ningún logro práctico fundado en la creencia en espíritus, almas o fantasmas, ni ningún descubrimiento de alguna pauta de la naturaleza que nos permita dominarla (al menos parcialmente). Por el contrario, el naturalismo estimula y promueve el desarrollo de la Ciencia y la Tecnología, cuyos logros están a la vista.
domingo, 10 de agosto de 2014
Un vicio epistemológico
El mundo se nos impone. Asistimos asombrados y sorprendidos a los procesos que en él ocurren. Dada nuestra condición de seres sensibles, curiosos y dotados de la capacidad de analizar, pretendemos encontrar explicaciones para dar cuenta de todo lo que acontece. Se trata de un rasgo típico de la naturaleza humana. El arrollador avance del conocimiento ha logrado satisfacer parcialmente nuestra inquietud, a tal punto que muchos de los eventos que hace un tiempo eran considerados milagrosos pueden en la actualidad ser explicados en términos naturalistas.
Sin embargo, la fascinación del ser humano por lo mágico persiste. Hipócrates lo resumió de este modo: "Los hombres creen que la epilepsia es divina simplemente porque no la entienden. Pero si llaman divino a todo lo que no entienden, entonces no habrá fin para las cosas divinas".
Sin embargo, la fascinación del ser humano por lo mágico persiste. Hipócrates lo resumió de este modo: "Los hombres creen que la epilepsia es divina simplemente porque no la entienden. Pero si llaman divino a todo lo que no entienden, entonces no habrá fin para las cosas divinas".
También es propia de la naturaleza
humana la ilimitada
capacidad de la imaginación para concebir mundos. Y no esta mal que así sea, estamos dotados de complejos sistemas nerviosos que nos permiten hacerlo,
al fin y al cabo, no somos autómatas. Lo que resulta extraño es que esta
maravillosa capacidad que nos caracteriza persista en el ámbito de la
comprensión objetiva de la realidad. No existen limites en lo que respecta a
los mundos, objetos y eventos que podemos concebir, lo cual no implica que
todos ellos puedan ser reales o posibles, por eso es que cualquier persona
cuerda sabe que los cerdos voladores
solo existen en la imaginación, del mismo modo que sabemos que los
planetas no son movidos por ángeles.
Ante
un evento inexplicable, el ser humano a menudo tiende a atribuir la ocurrencia del mismo
a fuerzas sobrenaturales, milagros o cosas por el estilo. Pero esto implica un
salto inferencial injustificable. Es mas sensata y coherente la actitud del
escéptico, quien afirma que los datos y/o la información y/o el conocimiento
disponible no son suficientes para explicar el hecho, por el momento. ¿Debemos poner en pie de igualdad a la actitud
del supersticioso que y la del escéptico?. De ningún modo. La afirmación del primero no tiene fundamento
alguno, salvo la falta de explicación , se trata de una conclusión apresurada; la del
segundo, lejos de ser infundada, arraiga en la ponderación de la mas valiosa
y eficaz forma de que disponemos para explicar cuestiones del mundo real: la
combinación de razón y experiencia, combinación robustamente sostenida e
ilustrada por el enfoque científico, que nos muestra, de modo cada vez mas
contundente, que el mundo no es un lugar atestado de milagros ni de magia ni
de seres sobrenaturales, sino de cosas que se comportan legalmente, y que por tanto,
hasta el momento podemos esperar hallar un mecanismo que nos permita explicar
la naturaleza del ser y el cambio.
lunes, 4 de agosto de 2014
La razón y sus enemigos.
Asistimos a los grandes logros de la Ciencia y sus aplicaciones. El hombre está explorando el Universo y escudriñando el átomo, descubriendo los mecanismos neuroquímicos del cerebro y ha descifrado el genoma humano. Nuestro tiempo está marcado por la tecnología y sus aplicaciones, a tal punto que no resulta fácil imaginar como sería nuestra vida cotidiana si no dispusiéramos de los artefactos que el hombre ha diseñado y construido. La Ciencia (no sus falsificaciones), en cuanto conocimiento, (nunca definitivo y siempre perfectible) ha demostrado ser el modo mas sensato y exitoso de que nos valemos para comprender y dominar el mundo. Hasta aquí, un hecho irrefutable.
Pero –paradójicamente-, persisten (y proliferan) doctrinas, prácticas y creencias del tipo mas variado: desde las mas primitivas y ridículas (como la astrología y la grafología), hasta las mas “sofisticadas” (como la parapsicología y la homeopatía), que se caracterizan por ser infundadas, imprecisas y estériles, (divertidas en todo caso). El irracionalismo, el oscurantismo y la superstición están a la orden del día. Por todas partes pululan curanderos, videntes, astrólogos y estafadores de todo tipo, y, para peor, muchos de ellos tienen la desfachatez de lucrar con la ignorancia de la gente.
Cabe preguntarse: ¿cuáles han sido los logros teóricos y prácticos de cualquier seudociencia en siglos de existencia, (aparte de engañar a millones de crédulos)? ¿Por qué las seudociencias no nos exponen teorías, enunciados legales y mecanismos explicativos de los eventos a que se refieren?, ¿y por qué no nos ofrecen procedimientos empíricos objetivos que nos permitan corroborar sus afirmaciones?
La respuesta a semejante contradicción de la historia humana, (el avance del racionalismo y del irracionalismo a la par) corresponde a la Sociología y Psicología social, pero aún así permítaseme expresar la opinión de que existen por lo menos dos factores de peso que contribuyen al problema:
En primer lugar, la poderosa influencia de los dogmas religiosos que venimos arrastrando desde hace siglos ejerce un efecto paralizante sobre la capacidad de cuestionar y criticar del ser humano. Por definición, el dogma no admite la crítica racional ni la comprobación empírica y debe engullirse tal como se lo impone. La enseñanza religiosa promueve el pensamiento mágico y místico, y la aceptación de verdades eternas e irrefutables, y por tanto, censura la capacidad de analizar. Pero, ¿no es precisamente esa capacidad la que nos permite tratar de conocer la naturaleza del Ser y el Devenir? La sociedad (y las ideas que en ella se generan) es un sistema que está cambiando permanentemente, y el dogma religioso viene rezagado respecto de este cambio. Recuérdese que debieron transcurrir siglos antes que el Papa Juan Pablo II ordenara la formación de una comisión que terminó reivindicando las censuradas ideas de Galileo, (por citar un ejemplo). Obviamente, debe tolerarse y respetarse la creencia y la convicción religiosa, acá solo pretendemos señalar los efectos nocivos para el intelecto humano que resultan de la imposición o inculcación de dogmas, así como el impacto social que éstos pueden acarrear, y de hecho, han acarreado, en particular cuando se consolidan como axiomas ideológicos de poderosas instituciones, como es de público conocimiento.
En segundo lugar, las pautas educativas sobredimensionan el aspecto cuantitativo en detrimento del cualitativo. La acumulación de información no garantiza el logro de lo que debiera ser un objetivo primario de cualquier sistema educativo: enseñar a pensar.
Me pregunto: ¿no valdría la pena promover ya desde tempranas etapas de la educación el estudio de la Lógica y la Semántica, el análisis conceptual, (crítico y racional), como herramientas para analizar el mundo? Probablemente el estudio profundo de lo que es la Ciencia, su naturaleza, técnicas y objetivos, contribuiría a lograr lo antedicho, puesto que abordar problemas de modo científico, exige la racionalidad y la comprobabilidad como criterios fundamentales (epistemológico y metodológico, respectivamente). Solo la combinación de la razón y la experiencia puede permitirnos obtener un conocimiento objetivo de la realidad.
Pero –paradójicamente-, persisten (y proliferan) doctrinas, prácticas y creencias del tipo mas variado: desde las mas primitivas y ridículas (como la astrología y la grafología), hasta las mas “sofisticadas” (como la parapsicología y la homeopatía), que se caracterizan por ser infundadas, imprecisas y estériles, (divertidas en todo caso). El irracionalismo, el oscurantismo y la superstición están a la orden del día. Por todas partes pululan curanderos, videntes, astrólogos y estafadores de todo tipo, y, para peor, muchos de ellos tienen la desfachatez de lucrar con la ignorancia de la gente.
Cabe preguntarse: ¿cuáles han sido los logros teóricos y prácticos de cualquier seudociencia en siglos de existencia, (aparte de engañar a millones de crédulos)? ¿Por qué las seudociencias no nos exponen teorías, enunciados legales y mecanismos explicativos de los eventos a que se refieren?, ¿y por qué no nos ofrecen procedimientos empíricos objetivos que nos permitan corroborar sus afirmaciones?
La respuesta a semejante contradicción de la historia humana, (el avance del racionalismo y del irracionalismo a la par) corresponde a la Sociología y Psicología social, pero aún así permítaseme expresar la opinión de que existen por lo menos dos factores de peso que contribuyen al problema:
En primer lugar, la poderosa influencia de los dogmas religiosos que venimos arrastrando desde hace siglos ejerce un efecto paralizante sobre la capacidad de cuestionar y criticar del ser humano. Por definición, el dogma no admite la crítica racional ni la comprobación empírica y debe engullirse tal como se lo impone. La enseñanza religiosa promueve el pensamiento mágico y místico, y la aceptación de verdades eternas e irrefutables, y por tanto, censura la capacidad de analizar. Pero, ¿no es precisamente esa capacidad la que nos permite tratar de conocer la naturaleza del Ser y el Devenir? La sociedad (y las ideas que en ella se generan) es un sistema que está cambiando permanentemente, y el dogma religioso viene rezagado respecto de este cambio. Recuérdese que debieron transcurrir siglos antes que el Papa Juan Pablo II ordenara la formación de una comisión que terminó reivindicando las censuradas ideas de Galileo, (por citar un ejemplo). Obviamente, debe tolerarse y respetarse la creencia y la convicción religiosa, acá solo pretendemos señalar los efectos nocivos para el intelecto humano que resultan de la imposición o inculcación de dogmas, así como el impacto social que éstos pueden acarrear, y de hecho, han acarreado, en particular cuando se consolidan como axiomas ideológicos de poderosas instituciones, como es de público conocimiento.
En segundo lugar, las pautas educativas sobredimensionan el aspecto cuantitativo en detrimento del cualitativo. La acumulación de información no garantiza el logro de lo que debiera ser un objetivo primario de cualquier sistema educativo: enseñar a pensar.
Me pregunto: ¿no valdría la pena promover ya desde tempranas etapas de la educación el estudio de la Lógica y la Semántica, el análisis conceptual, (crítico y racional), como herramientas para analizar el mundo? Probablemente el estudio profundo de lo que es la Ciencia, su naturaleza, técnicas y objetivos, contribuiría a lograr lo antedicho, puesto que abordar problemas de modo científico, exige la racionalidad y la comprobabilidad como criterios fundamentales (epistemológico y metodológico, respectivamente). Solo la combinación de la razón y la experiencia puede permitirnos obtener un conocimiento objetivo de la realidad.
domingo, 3 de agosto de 2014
SUBASTAN LA CARTA EN LA QUE EINSTEIN HACE «PROFESIÓN DE ATEÍSMO»
Una carta escrita a mano por el físico Albert Einstein un año antes de su muerte, expresando sus puntos de vista sobre la religión, saldrá a la venta este mes en eBay con una oferta inicial de 3 millones de dólares, dijo una agencia de subastas.
Conocida como Carta sobre Dios, la correspondencia ofrece percepciones sobre sus pensamientos privados acerca de la religión, Dios y el tribalismo de una de las mentes más brillantes del mundo.
«Esta carta, en mi opinión, tiene una relevancia histórica y cultural ya que refleja los pensamientos personales y privados del hombre más inteligente del siglo XX», dijo Eric Gazin, presidente de Auction Cause, la agencia de subastas con sede en Los Ángeles, que se encargará de la venta en eBay.
«La carta fue escrita al final de su vida, después de una vida de aprendizaje y pensamiento», agregó.
Einstein escribió la carta en alemán, el 3 de enero de 1954, en la Universidad de Princeton y estaba dirigida al filósofo Erik Gutkind después de leer el libro de Erik Gutkind Escoger la vida: la llamada bíblica a la rebelión.
«La palabra Dios para mí no es nada más que la expresión y producto de la debilidad humana, la Biblia una colección de honorables, pero todavía leyendas primitivas que sin embargo son bastante infantiles. Ninguna interpretación, no importa lo sutil que sea, puede (para mí) cambiarlo», escribió el científico nacido en Alemania, que en 1921 recibió el Premio Nobel de Física.
El vendedor anónimo de la carta, que será subastada con su sobre original, sello y matasellos, la compró a Bloomsbury Auctions en Londres en el 2008 por 404.000 dólares.
Desde entonces, la carta ha estado guardada en una cámara de temperatura controlada en una institución pública.
Aunque la oferta inicial de la subasta de eBay sea de tres millones de dólares, Gazin, quien manejó subastas previas de alto perfil, dijo que espera que pueda doblar o triplicar la suma en la subasta que se celebrará entre el 8 y el 18 de octubre en www.einsteinletter.com .
«eBay tiene la mayor audiencia posible y es tan universal y tan accesible», explicó, agregando que hace diez años la última gran carta de Einstein fue vendida por más de dos millones de euros.
«Creemos que es un precio de salida razonable dada su importancia histórica y el interés en Einstein», agregó Gazin.
Agencia Reuters.
La Contrastabilidad y el Método no agotan la Ciencia.
La contrastabilidad de un enunciado fáctico es la propiedad de éste, o de otro inferido lógicamente a partir de él, de ser capaz de ser sometido a un test empírico a fin de evaluar su adecuación o no a los hechos a los que se refiere.
La contrastabilidad de los enunciados constituye una de las características fundamentales de la ciencia fáctica, y es, entre otras cosas, lo que permite diferenciarla de otros campos de conocimiento. De hecho, lo que es peculiar a la ciencia es que está conformada por teorías cuyas hipótesis de un modo u otro deben evaluarse a la luz de su concordancia con la realidad. Por eso es que la Ciencia es conocimiento confirmable y verificable.
Ahora bien, esta característica, en contraposición con de la opinión popular, no agota la ciencia. La idea de la mayoría de la gente de que el conocimiento científico es básicamente conocimiento comprobable muestra a las claras la limitadísima idea que se tiene acerca de lo que la Ciencia es en cuanto conocimiento. Los antiguos griegos, (algunos siglos A.C.), postularon la hipótesis de la existencia de los átomos, y estos pudieron ser observados sólo hace algunos años. ¿Cómo se explica que tal hipótesis fue firmemente sostenida y creíble durante tantos años?, porque esa hipótesis permitió fundar teorías coherentes y fructíferas. Es apropiado señalar que en la actividad científica no existen restricciones en cuanto a la formulación de hipótesis. Pueden éstas ser del tipo mas especulativo o alocado como se quiera, pero deben someterse al tribunal de la experiencia (entre otros requisitos). Al fin y al cabo, debieron transcurrir unos ocho años antes de que se realizara un experimento crucial que permitió obtener un dato confirmatorio de la Teoría de la Relatividad General. Mientras tanto, esta teoría, sumamente “anti intuitiva”, se aceptaba por su coherencia teórica.
Opino que el limitado conocimiento que tiene la mayoría de la gente acerca de la naturaleza de la Ciencia, tiene su raíz en el hecho de que en las instituciones educativas solo se pone especial énfasis en las características del método científico, como si éste agotara la Ciencia. Se pierde así de vista una aspecto mas profundo y básico: el conocimiento de los fundamentos filosóficos de la Ciencia, lo que implica necesariamente atender a sus supuestos básicos (implícitos y explícitos), su Ontología y Epistemología. Por ejemplo, si supusiéramos que no existen regularidades naturales, ¿que sentido tendría tratar de inventar enunciados (leyes) (1) que intenten reflejarlas? Si supusiéramos que es imposible aproximarnos al conocimiento de la realidad, ¿qué sentido tendría inventar teorías que nos reflejen un esquema de la estructura de la misma?, dicho mas sencillamente, ¿para qué perder el tiempo intentando conocer la realidad? Si supusiéramos que al efectuar una medición un espíritu travieso puede afectar el funcionamiento del instrumento, de modo tal que seamos engañados, ¿qué sentido tendría realizar la medición? Si supusiéramos que al estudiar el comportamiento de partículas sub atómicas, y éstas se aniquilan, ¿por qué nos preocupamos en rastrear en qué se han convertido?
Si reflexionamos acerca de estas cuestiones, caemos en la cuenta de que la actividad del científico se apoya en una serie de supuestos fundamentales, a saber:
-La existencia de leyes objetivas, y por ende la existencia de una realidad exterior al sujeto cognoscente e independiente de él.
-La negación del sobrenaturalismo y la ausencia de la magia.
-La posibilidad de la cognoscibilidad de la realidad (provisoria y perfectible).
-La afirmación de que ningún ente puede surgir de la nada ni convertirse en nada.
Éstos, y otros, son supuestos fundamentales de la Ciencia fáctica, y solo un necio puede no reconocer que fueron y son, hasta el momento, contundentemente fructíferos y confirmados.
Indudablemente, los partidarios del relativismo cognitivo y los adictos a la superficialidad no se han puesto a pensar seriamente en estas cuestiones. Es más fácil, “original”, y acorde a la moda afirmar que la Ciencia es un mito, o que es la concepción que adopta un sistema social en un período histórico determinado. Es más fácil afirmar que las teorías científicas son “paradigmas”, o que tienen es mismo status que la astrología o cualquier otra superstición. En suma, es más fácil expresar opiniones que disponerse a estudiar y pensar seriamente. Más aún, existen quienes afirman que los enunciados científicos son dogmas. Me pregunto, si esto es así, ¿por qué será que la Ciencia avanza y se rectifica cada vez que es necesario?, ¿o tal vez quienes profieren esas afirmaciones no conocen el significado de la palabra “dogma”? Hay que admitir que la actitud dogmática estuvo fuertemente arraigada durante la funesta Edad Media, durante la cual los escritos de Aristóteles eran considerados la última palabra respecto de temas científicos, pero ello fue debido a la poderosa e intolerante institución eclesiástica establecida, y, afortunadamente, es cosa del pasado.
Como puede ya notarse, el método y la contrastabilidad hacen al aspecto pragmático y estratégico de la investigación, pero tienen su raíz en cuestiones más fundamentales, de hecho, de índole filosófica. Dicho de otro modo, la Ciencia no se reduce a una serie de “recetas” y procedimientos destinados a descubrir leyes y aplicarlas, sino que constituye una cosmovisión de la realidad, a mi entender, la más estupenda, apasionante y útil de la cultura humana.
(1) Es importante recordar que los enunciados legales son invenciones del ser humano, que pretenden reproducir las correspondientes regularidades de la naturaleza, (leyes propiamente dichas). La no distinción de estos dos conceptos ha conducido a grotescas confusiones entre el ser y el conocer, como es típico de los adeptos del relativismo cognitivo.
La contrastabilidad de los enunciados constituye una de las características fundamentales de la ciencia fáctica, y es, entre otras cosas, lo que permite diferenciarla de otros campos de conocimiento. De hecho, lo que es peculiar a la ciencia es que está conformada por teorías cuyas hipótesis de un modo u otro deben evaluarse a la luz de su concordancia con la realidad. Por eso es que la Ciencia es conocimiento confirmable y verificable.
Ahora bien, esta característica, en contraposición con de la opinión popular, no agota la ciencia. La idea de la mayoría de la gente de que el conocimiento científico es básicamente conocimiento comprobable muestra a las claras la limitadísima idea que se tiene acerca de lo que la Ciencia es en cuanto conocimiento. Los antiguos griegos, (algunos siglos A.C.), postularon la hipótesis de la existencia de los átomos, y estos pudieron ser observados sólo hace algunos años. ¿Cómo se explica que tal hipótesis fue firmemente sostenida y creíble durante tantos años?, porque esa hipótesis permitió fundar teorías coherentes y fructíferas. Es apropiado señalar que en la actividad científica no existen restricciones en cuanto a la formulación de hipótesis. Pueden éstas ser del tipo mas especulativo o alocado como se quiera, pero deben someterse al tribunal de la experiencia (entre otros requisitos). Al fin y al cabo, debieron transcurrir unos ocho años antes de que se realizara un experimento crucial que permitió obtener un dato confirmatorio de la Teoría de la Relatividad General. Mientras tanto, esta teoría, sumamente “anti intuitiva”, se aceptaba por su coherencia teórica.
Opino que el limitado conocimiento que tiene la mayoría de la gente acerca de la naturaleza de la Ciencia, tiene su raíz en el hecho de que en las instituciones educativas solo se pone especial énfasis en las características del método científico, como si éste agotara la Ciencia. Se pierde así de vista una aspecto mas profundo y básico: el conocimiento de los fundamentos filosóficos de la Ciencia, lo que implica necesariamente atender a sus supuestos básicos (implícitos y explícitos), su Ontología y Epistemología. Por ejemplo, si supusiéramos que no existen regularidades naturales, ¿que sentido tendría tratar de inventar enunciados (leyes) (1) que intenten reflejarlas? Si supusiéramos que es imposible aproximarnos al conocimiento de la realidad, ¿qué sentido tendría inventar teorías que nos reflejen un esquema de la estructura de la misma?, dicho mas sencillamente, ¿para qué perder el tiempo intentando conocer la realidad? Si supusiéramos que al efectuar una medición un espíritu travieso puede afectar el funcionamiento del instrumento, de modo tal que seamos engañados, ¿qué sentido tendría realizar la medición? Si supusiéramos que al estudiar el comportamiento de partículas sub atómicas, y éstas se aniquilan, ¿por qué nos preocupamos en rastrear en qué se han convertido?
Si reflexionamos acerca de estas cuestiones, caemos en la cuenta de que la actividad del científico se apoya en una serie de supuestos fundamentales, a saber:
-La existencia de leyes objetivas, y por ende la existencia de una realidad exterior al sujeto cognoscente e independiente de él.
-La negación del sobrenaturalismo y la ausencia de la magia.
-La posibilidad de la cognoscibilidad de la realidad (provisoria y perfectible).
-La afirmación de que ningún ente puede surgir de la nada ni convertirse en nada.
Éstos, y otros, son supuestos fundamentales de la Ciencia fáctica, y solo un necio puede no reconocer que fueron y son, hasta el momento, contundentemente fructíferos y confirmados.
Indudablemente, los partidarios del relativismo cognitivo y los adictos a la superficialidad no se han puesto a pensar seriamente en estas cuestiones. Es más fácil, “original”, y acorde a la moda afirmar que la Ciencia es un mito, o que es la concepción que adopta un sistema social en un período histórico determinado. Es más fácil afirmar que las teorías científicas son “paradigmas”, o que tienen es mismo status que la astrología o cualquier otra superstición. En suma, es más fácil expresar opiniones que disponerse a estudiar y pensar seriamente. Más aún, existen quienes afirman que los enunciados científicos son dogmas. Me pregunto, si esto es así, ¿por qué será que la Ciencia avanza y se rectifica cada vez que es necesario?, ¿o tal vez quienes profieren esas afirmaciones no conocen el significado de la palabra “dogma”? Hay que admitir que la actitud dogmática estuvo fuertemente arraigada durante la funesta Edad Media, durante la cual los escritos de Aristóteles eran considerados la última palabra respecto de temas científicos, pero ello fue debido a la poderosa e intolerante institución eclesiástica establecida, y, afortunadamente, es cosa del pasado.
Como puede ya notarse, el método y la contrastabilidad hacen al aspecto pragmático y estratégico de la investigación, pero tienen su raíz en cuestiones más fundamentales, de hecho, de índole filosófica. Dicho de otro modo, la Ciencia no se reduce a una serie de “recetas” y procedimientos destinados a descubrir leyes y aplicarlas, sino que constituye una cosmovisión de la realidad, a mi entender, la más estupenda, apasionante y útil de la cultura humana.
(1) Es importante recordar que los enunciados legales son invenciones del ser humano, que pretenden reproducir las correspondientes regularidades de la naturaleza, (leyes propiamente dichas). La no distinción de estos dos conceptos ha conducido a grotescas confusiones entre el ser y el conocer, como es típico de los adeptos del relativismo cognitivo.
La Ontología, ¿sirve para algo?.
A mi amigo Daniel S. Gurman
La Ontología es la ciencia que se ocupa del estudio de los aspectos más generales de la realidad, tales como los de existencia, materia, vida, mente, causa, tiempo, etc. Teniendo en cuenta su objeto de estudio, la Ontología constituye una de las ramas más importantes de la Filosofía.
Es habitual entre la gente considerar la Ontología (y la Filosofía en general), como una materia limitada a un montón de especulaciones descontroladas acerca del mundo que carecen de aplicación práctica y distanciadas del sentido común. La mayor parte de la gente considera la actitud de filosofar como una pérdida de tiempo.
Me propongo argumentar contra esta difundida opinión, para lo cual me valdré de un sencillo recurso: intentaré aclarar, tanto como me sea posible, y sin exponer demasiados detalles ni refinamientos, algunos de los conceptos fundamentales que son objeto de la Ontología. Intentaré poner en evidencia que cualquier reflexión acerca del mundo que tenga la pretensión de ser fructífera y profunda requiere necesariamente de la depuración conceptual y el análisis de los conceptos claves involucrados como punto de partida.Por ejemplo, cuando nos preguntamos acerca de qué es la vida, lo habitual es referirse a “vida” como “entidad” que “anima” a ciertos seres. Esta oscura concepción pertenece al conocimiento vulgar y nada nos dice ni aclara. La confusión radica en que lo que debe elucidarse es el significado del predicado “estar vivo”. En efecto, estar vivo es una propiedad emergente en ciertos sistemas. Aclaremos. El sistema más elemental al que podemos asignarle la propiedad de vivir es una célula. Ella es una unidad capaz de efectuar una serie de funciones o actividades que caracterizan a un sistema del que se puede decir que “vive”, tales como reproducirse, intercambiar materia y energía con el medio ambiente, etc. Y decimos “emergente”, ya que los componentes del sistema, tales como las proteínas, ácidos nucleicos, etc. no tienen por sí mismos la propiedad de estar vivos, solo cuando se integran y organizan para formar una célula, emerge la propiedad de la que hablamos: estar vivo. Cuando efectuamos este análisis, advertimos que expresiones tales como “soplo de vida” son oscurantistas y carecen de significado objetivo. A lo sumo son metáforas.
He mencionado el término “emergente”. No corresponde en esta reflexión hacer un análisis formal del concepto de emergencia. Simplemente expongo una simple analogía: cuando dos o más átomos se unen para formar una molécula, se constituye un sistema que posee propiedades que no eran poseídas por sus componentes separados Y nada de misterioso ni mágico hay en ello. En el caso de un sistema vivo vale lo mismo, solo que se trata de una estructura muchísimo mas compleja. Del mismo modo, una neurona aislada no tiene la capacidad de efectuar una función mental compleja, pero sí puede tenerla un sistema constituido por neuronas.
Examinemos el concepto de causa. En primer lugar debemos poner en claro que se trata de un vínculo que se da entre eventos. Una entidad, por el solo hecho de existir, nada puede causar. Sólo un cambio de estado de una entidad puede ser causa de algo. En consecuencia, una expresión tal como “Dios es la causa primera de todo” es errónea, se asuma o no la existencia de tal entidad.
Mas precisamente: dados dos eventos A y B, decimos que A es la causa de B si la ocurrencia de A es suficiente para que ocurra B. Por ejemplo, si se aplica una tensión longitudinalmente a un alambre tal que supere el límite de rotura de aquel, se romperá. Pero puede ocurrir que dado A, no se de B porque se necesita la concurrencia de otras causas, es decir el evento A es necesario pero no suficiente para que se de B. Decimos entonces que A es una causa de B. Por ejemplo, la formación de nubes es necesaria pero no suficiente para que llueva. En vista de lo antedicho, queda claro que expresiones tales como “todo causa todo lo demás” no resisten el mas elemental análisis, (a propósito, aprovecho para señalar que tal frase no es un invento mío, de hecho, alguien la escribió). Finalmente, (aunque no debiera ser necesario aclararlo), no debemos confundir causas con razones, aquellas deben situarse en el mundo real, mientras que éstas son elaboraciones de nuestros cerebros.
¿Y qué decir de la energía? Pocos conceptos como este son tan mal comprendidos y utilizados a la ligera para salvar la imprecisión conceptual, (intencionalmente o no). Es habitual que la gente se refiera a la misma como una “fuerza”, o “misteriosa entidad” responsable de ciertos procesos. En el campo de las ciencias la energía está lo suficientemente caracterizada. A tal punto que se cuantifica y se expresa mediante expresiones matemáticas que la describen perfectamente, más aún, es bien sabido que se la clasifica en energía interna, potencial, cinética, etc. En general, aunque no siempre lo explicitamos, no hablamos de energía a secas, sino de energía de algún sistema material, es decir, la energía es una propiedad (nótese bien, una propiedad y no una entidad) de las cosas concretas. Y una propiedad solo existe a la par de lo que la posee, (las propiedades no existen por sí mismas, son propiedades de algo).
Suficiente con estos ejemplos. Espero que pueda advertirse que la Ontología, (y la Filosofía en general), sirve para algo. Al menos, si la tomamos en serio, puede permitirnos ponernos al resguardo de los charlatanes, las trampas del lenguaje y el irracionalismo. Y puede permitirnos disminuir nuestra ignorancia, y sobre todo, satisfacer en la medida de nuestras posibilidades algo que nos caracteriza a los seres humanos: el deseo de aprender.PUBLICADO POR ALDO GIULIANI EN 20:59
sábado, 2 de agosto de 2014
Pensamiento crítico.
A mi amigo Juan Pinto
El pensamiento crítico es la antítesis del pensamiento mágico, del místico y del dogmático. El pensamiento mágico implica la admisión de la existencia de procesos milagrosos, el pensamiento místico implica la supuesta comunicación con deidades, y el pensamiento dogmático la aceptación de “verdades” o enunciados que no son susceptibles de ser examinados. Existen dogmas religiosos pero también racionales, como bien lo señaló José Ingenieros. Así por ejemplo, muchas normas morales no están fundadas necesariamente en la revelación ni la observancia de mandamientos divinos, pero aún así se consideran incuestionables e incorregibles. El pensamiento crítico es, obviamente, muchísimo mas joven que las otras clases de pensamiento, y es el que ha permitido el desarrollo intelectual del hombre, así como los resultados de dicho desarrollo (no todos buenos lamentablemente). De todos modos, aunque los resultados beneficiosos del pensamiento crítico superan abrumadoramente a los perjudiciales, en nuestros días coexisten todos estos modos de pensar. De hecho, conviven la ciencia, la religión, las supersticiones y la New Age.
No resulta sencillo dar una definición de pensamiento crítico, y tal vez tampoco sea muy útil. En consecuencia, considero mas adecuado adoptar un criterio pragmático. En efecto, mencionaré algunas pautas (o sugerencias si se prefiere) que debieran observarse para el desarrollo del modo crítico de pensar, admitiendo que las mismas no agotan el tema.
Considero que deben fomentarse los siguientes hábitos:
Considero que deben fomentarse los siguientes hábitos:
1) Hábito de convencerse por sí mismo acerca del grado de verdad de lo que se lee o escucha.
Esto significa que debe evitarse aceptar que tal o cual teoría u opinión es verdadera o aceptable porque así lo afirma tal o cual pensador, o profesor o individuo que tenga cierta reputación, o porque así lo afirman las escrituras (sagradas o no). La aceptación de ideas siguiendo este criterio implica incurrir en la conocida falacia de “apelación a la autoridad”. Se hace indispensable, por tanto, adquirir conocimiento, dudar, analizar, ajustarse a la lógica, y de ser posible exponer y exigir pruebas referentes a lo que se afirma.
2) Hábito de intentar definir o aclarar el significado de los conceptos involucrados en el tema que se trata.
Esto está íntimamente vinculado con el uso (y abuso) del lenguaje. Este punto es de suma importancia, y merece la pena que nos detengamos un poco en su análisis. El lenguaje es la herramienta que nos permite comunicar ideas y pensar, y de allí su crucial importancia. No debemos olvidar que existen discursos caracterizados por una aparente erudición y el uso de palabras impresionantes, pero que se desmoronan ante el más elemental análisis lógico y semántico, (tal como la mayoría de los discursos políticos, los que suelen valerse de la metáfora, la ambigüedad y el juego de palabras para lograr la persuasión). Es muy frecuente encontrarse con personas a las que les encanta valerse de palabras “difíciles” y rebuscadas para expresar sus ideas, y en muchos casos ni siquiera conocen el significado de aquellas, pero de ese modo disimulan la vaciedad o inexactitud conceptual.
Así también, ( por citar un ejemplo), alguien, refiriéndose a los nuevos “paradigmas” de la “nueva ciencia”, escribió frases grandilocuentes y audaces pero carentes de sentido tales como “todo causa todo lo demás”, “la materia y la mente se implican mutuamente”, etc., sin preocuparse por explicar qué entiende por los conceptos designados por las expresiones “causa”, “mente” y “materia”. La no elucidación de estos fundamentales conceptos ontológicos puede conducir a divagues de todo tipo.
Otro ejemplo: la palabra favorita (y de moda ) de la que abusa mucha gente es “energía”. El abuso de este término ha llevado a la acuñación de expresiones tales como “la misteriosa energía de las pirámides”, “la energía espiritual”, etc., etc., etc., como si la energía fuera una entidad “fantasmal” que existe por sí misma, independientemente de los sistemas que la poseen, (además, no es una entidad sino una propiedad). Cuando a la mayoría de esas personas se les pregunta que entienden por “energía”, se dan cuenta que han usado un término sin saber el significado del mismo.
Finalmente, analicemos la expresión “la única verdad es la realidad”, la cual, tomada literalmente, es semánticamente inconsistente, El problema de esa afirmación es que identifica dos conceptos que se encuentran en distintos niveles, la verdad, que pertenece al nivel conceptual, y la realidad, que se encuentra en el nivel ontológico. La verdad es el valor que asume una proposición según que se adecue o no al hecho a que se refiere. La realidad simplemente es. Es como si dijéramos “el número cero es el más humilde de los números”. Se atribuiría una propiedad que puede poseer algo real a un objeto formal.
El lenguaje es una poderosa herramienta de doble filo. Puede iluminar, tanto como oscurecer. Análogamente, el pensamiento crítico aspira a aclarar, no a aceptar o propagar misterios, aspira a la exactitud conceptual y la coherencia argumentativa, en oposición al divague.
3) Hábito de opinar y argumentar solo sobre aquello de lo que se tiene al menos algún conocimiento.
Esto debiera ser obvio, pero en la vida real no es así, en particular cuando se trata de temas que superan el conocimiento vulgar. Por ejemplo, suele afirmarse que la Teoría de la relatividad de Einstein ha echado por tierra con la Mecánica de Newton, es decir que la aceptación de aquella había demostrado que ésta es falsa. Semejante afirmación indica un deficiente conocimiento del contenido de las citadas teorías. El mero análisis e interpretación de la ecuación relativista de la masa basta para refutar esa desatinada afirmación (1), y a propósito, me pregunto: ¿por qué será que se sigue enseñando la mecánica clásica, y qué sentido tiene seguir enseñando en las escuelas y universidades algo cuya falsedad se ha demostrado?
4) Hábito de flexibilizar nuestra postura ante los argumentos de los demás, siempre y cuando estén fundados en criterios racionales y lógicos.
Ésta restricción es necesaria para hacer viable cualquier discusión. Ilustremos esto con un ejemplo: si un individuo nos afirma que la certeza de su argumento o conocimiento está basada en su “intuición” o “captación de las esencias”, entonces pueden estar pasando varias cosas:
a) El sujeto posee una supuesta capacidad supra- racional para obtener conocimiento, a la que él puede acceder y nosotros no. Nada entonces puede discutirse, pero además él ha adoptado una postura arbitraria y dogmática. No pretendemos despreciar el valor de la intuición, pero ésta solo debe ser un medio, una herramienta, pero jamás superar al análisis.
b) El sujeto ha caído en el facilismo. Al fin y al cabo, hacer afirmaciones sin más no cuesta nada. Razonar y tratar de justificarlas es mas complicado.
Podríamos abundar en más alternativas, pero para muestra bastan dos botones. Tener la mente “abierta” (como suele decirse), no implica necesariamente caer en la irracionalidad y renunciar a pensar, sino que significa tener la disposición de considerar la opinión de los demás y evaluar sus argumentos.
5) Hábito de rectificarse y corregir los propios errores.
No hacerlo sería caer en la contradicción de exigir a los demás lo que uno no está dispuesto a hacer. Sería, lisa y llanamente, deshonestidad intelectual.
_________________________
(1) M=Mo/√(1-v²/c²). siendo M la masa de la partícula a la velocidad v , Mo su masa en reposo y c la velocidad de la luz. Para c»v, M≈Mo.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
