lunes, 8 de septiembre de 2014

RASTREANDO LOS PRESUPUESTOS





¿Es necesario conocer completamente una teoría o una doctrina para efectuar una valoración objetiva de la misma? Me apresuro a dar la respuesta: no. Y a continuación intentaré justificarla.
Como es sabido, (o debiera saberse), una teoría es un sistema hipotético deductivo conformado por enunciados vinculados por la relación de deducibilidad lógica. Los enunciados son de varios tipos: axiomas (presupuestos iniciales), teoremas, etc. La mayoría de ellos son consecuencias lógicas de otros, y unos pocos, (los axiomas) son los puntos de partida a partir de los cuales se genera la red de proposiciones que constituyen la teoría. Por ejemplo, la mecánica clásica se funda en unos pocos enunciados fundamentales, tal como la primera ley del movimiento de  Newton. En el caso de la termodinámica clásica  ocurre lo mismo, por ejemplo la ley de la conservación de la energía. En el caso de las teorías fácticas, algunos enunciados, los denominados “consecuencias observacionales”, permiten nada más y nada menos que establecer contacto con la experiencia, y de ese modo se logra contrastar (confirmar o refutar) la validez de los presupuestos fundamentales, los que frecuentemente contienen conceptos muy profundos y abstractos. Los axiomas, por definición, no son deducibles de otros enunciados. Se aceptan por la función que desempeñan en el sistema. De hecho, no se consideran verdades irrefutables ni susceptibles de ser examinadas y eventualmente corregidas o incluso abandonadas. Esta es una de las razones por las que la ciencia, a diferencia de lo que se piensa vulgarmente, es conocimiento perfectible y provisorio, y aún las leyes más fundamentales  y consolidadas se consideran hipótesis. Por ejemplo, el desarrollo de la Teoría de la Relatividad trajo como consecuencia la necesidad de la revisión del supuesto de la invariabilidad de la coordenada temporal respecto del sistema de referencia empleado.
Ahora bien, una teoría no se agota en su aspecto formal (lógico). Al fin y al cabo, las teorías se inventan para dar cuenta de algún sector de la realidad, por lo tanto, es crucial el análisis de su aspecto semántico, o sea, el significado de los conceptos que maneja y la adecuación de éstos a los hechos que son referentes de la teoría. En algunos casos los presupuestos están formulados explícitamente, pero en otros no, por lo que es necesarios rastrearlos mediante el análisis, tarea que es de vital importancia, ya que es posible construir teorías que sean formalmente válidas pero semánticamente inconsistentes Por ejemplo, puede diseñarse una teoría de los duendes que tenga una estructura lógica impecablemente formulada, pero esta teoría adolece de un defecto fundamental: la extremada debilidad del supuesto que afirma la existencia real de los duendes. O sea, si bien la referencia de la teoría puede estar bien determinada, su extensión (aplicabilidad a la realidad, por así decirlo), puede ser vacía.
Segunda cuestión. Como es sabido, (o debiera saberse), una teoría no es una isla, es decir no se encuentra aislada del resto del conocimiento. Así, por ejemplo, la Biología se nutre de la Química, y ésta a su vez de la Física, y cualquier modificación de importancia que pueda darse en alguna de estas ciencias puede afectar a las otras, ya que existen relaciones bidireccionales entre las citadas disciplinas. Esto no implica que alguna deba necesariamente reducirse a otra, ya que cada disciplina tiene leyes que les son propias. De esto se desprende una importante característica de una teoría madura, y es que debe ser compatible con el resto del conocimiento bien consolidado.
Volvamos al fin a la pregunta inicial. Tomemos como ejemplo el Psicoanálisis. En este caso los supuestos básicos están formulados explícitamente, por ejemplo, la hipótesis de la existencia de entidades denominadas “yo”, “ello” y “super yo”, como constituyentes esenciales del “aparato psíquico”. Ocurre que intentar explicar la conducta sin atender o no atendiendo lo suficiente al sistema neuro-endócrino es como tratar de explicar las reacciones químicas sin tener en cuenta la naturaleza y las propiedades de los átomos y las moléculas. Es como tratar de explicar la digestión prescindiendo de la estructura anatómica y la fisiología de un sistema digestivo. De modo que, independientemente del contenido de la doctrina que pueda formularse en bases a los supuestos básicos psicoanalíticos, se hace prioritario el análisis de tales supuestos, y sopesar la compatibilidad de los mismos con el mejor conocimiento disponible y confirmado, en este caso, el que nos proporcionan la farmacología y la fisiología del sistema nervioso, que nos ofrecen espectaculares avances. Nos atrevemos a afirmar: no importa cuán popular, difundida o aceptada sea una doctrina o sistema de ideas, puede que  sus supuestos básicos sean  insostenibles y no se correspondan con la realidad.
Otro ejemplo. La teoría del campo morfogenético de Rupert Sheldrake postula la existencia de campos no físicos que existen en otra dimensión. Creo que la sola mención de “otra dimensión” abre la puerta a la especulación descontrolada. Además,  se pretende explicar cómo esos campos se organizan e interactúan para conformar un campo general responsable del desarrollo de organismos, etc. En todo caso, es válido e inevitable preguntarse ¿cómo es  entonces que puede lograrse conocer lo que ocurre en la “otra dimensión”?
El término “energía” constituye otro comodín extensamente empleado en la actualidad para adecuarlo a la descripción (siempre vaga, nunca precisa y detallada) de innumerables eventos no bien conocidos. Es común que se hable de “energía cósmica”, “energía espiritual”, entre otros términos. Se han construido ideologías enteras en base a una confusión: el tratamiento del referente del término como una entidad de existencia autónoma, como sustancia y no como atributo. La energía no existe si no existe la entidad material que la posee. Además, es una propiedad de las cosas concretas y no de las abstractas, de modo que no tiene sentido (salvo metafóricamente) hablar de la energía independiente de la materia, (1) así como de la energía  de las ideas, de los números, de las teorías o de los fantasmas o espíritus, inmateriales por definición.
Para ir concluyendo, creo que es necesario hacer extensivos los criterios expresados en este ensayo  a la vida cotidiana. Un ejemplo típico lo constituyen las estériles discusiones acerca de religiones o dioses, y en estos casos los supuestos involucrados  están implícitos, siendo además completamente antagónicos; por ejemplo, desde un lado se afirma la existencia de lo sobrenatural y desde el otro no, por lo que la discusión, a fin de cuentas, suele reducirse a la evaluación de esos supuestos, en cuanto a su consistencia, su  posibilidad fáctica y su viabilidad.





(1)     Nos estamos refiriendo al concepto general de materia que se maneja en la física y filosofía actuales, de modo que incluye objetos dotados de masa como también los campos de fuerza y las ondas.

domingo, 7 de septiembre de 2014

¿Existe el Alma?


El título con que presentamos esta reflexión es una pregunta que suele suscitar interminables y acalorados debates. Esto es debido a que se elude, intencionalmente o no, la
 pregunta clave que debe ser punto de partida de la discusión. Es decir, debemos explicitar lo más claramente posible qué entendemos que significa el término “alma”. En efecto, si queremos indagar acerca de la existencia o inexistencia de algún objeto que escapa al examen empírico directo, en primer lugar debemos exponer cuáles son las propiedades que le atribuimos a dicho objeto. Se impone, por tanto, comenzar por el análisis semántico.
Intentaré aclarar el significado del término que nos ocupa.
El alma es una supuesta entidad sobrenatural, inmaterial y eterna. Su modo de ser escapa a las leyes naturales conocidas o desconocidas. Existe independientemente del ser que la posee, y por lo tanto, no se necesita ni basta el estudio del sistema nervioso, (mas precisamente del cerebro) si queremos conocer su naturaleza. Esta descripción se ajusta a una visión sobrenaturalista del mundo y es compatible con la religión, la creencia en los fantasmas, en la comunicación con los difuntos, etc., es decir, se fundamenta en la fe ciega, la aceptación de verdades reveladas y en la aceptación acrítica de historias aisladas, no reproducibles y de veracidad no confirmada. Vale también la pena mencionar que la identificación del alma como una “energía” es tan absurda como la atribución de energía al alma. Como lo recalcamos en varias oportunidades, la palabra “energía” suele usarse en forma ambigua e imprecisa, sin tener en claro su significado.
Y ocurre que, transcurridos unos cuantos milenios, y tras interminables especulaciones de teólogos, nadie ha podido ofrecernos la mínima evidencia de la existencia del alma, (al menos como entidad inmaterial). Por el contrario, la Neurociencia y la teoría de la evolución nos ofrecen un bagaje impresionante de nuevos y sólidos conocimientos. ¿No será que la arcaica y obsoleta idea del alma como objeto sobrenatural debe ser reemplazada por ideas modernas y contrastables empíricamente? Dejo planteada esta pregunta libremente al lector.
Desde una perspectiva naturalista, “Alma”, (o “Espíritu”), no existe como entidad real, aunque podemos imaginarla, es decir, solo existe en los cerebros de quienes creen en ella. En todo caso, y si se quiere conservar el término, es el nombre con que se designa un conjunto de funciones que es capaz de ejecutar un sistema biológico altamente evolucionado y complejo (tal como el cerebro humano).No existe independientemente del ser que la “posee”, del mismo modo que no existe una idea si no existe un cerebro que la genere, del mismo modo que no existe el movimiento si no existen objetos que se muevan, del mismo modo que no existen la ira, el amor, el odio, la alegría o la fe sin que exista un ser capaz de experimentar ira, amor, odio, alegría o fe. Las propiedades y las funciones no existen en sí mismas, sino a la par de los objetos que las poseen y de los objetos que ejecutan funciones.
La concepción naturalista se apoya en la Neurociencia moderna, es decir, en el conocimiento objetivo y contrastable del sistema nervioso y sus vinculaciones con otros sistemas que conforman un ser vivo tal como el ser humano. En realidad, en el ámbito de la 
ciencia natural, no interesa demasiado indagar acerca de la existencia de almas, espíritus o fantasmas. Simplemente estos entes quedan excluidos de la investigación, ya que, se asuma o no su existencia, escapan al examen empírico. Se han elaborado teorías acerca del átomo, los fotones, los campos, etc. pero no existe ninguna teoría acerca del alma. Como es bien sabido, los enunciados de una teoría deben ser capaces de someterse a la contrastación experimental, (salvo en el caso de las ciencias formales).
En resumen, la discusión acerca de la existencia o no del alma es estéril y puede conducir a cualquier cosa si no se aclara en primer lugar el significado del término que se emplea para designar el concepto, y la respuesta a la pregunta que inspira esta reflexión depende de la concepción del mundo que se asuma, (si es que se asume alguna).