¿Es necesario conocer completamente una teoría o una doctrina para
efectuar una valoración objetiva de la misma? Me apresuro a dar la respuesta:
no. Y a continuación intentaré justificarla.
Como es sabido, (o debiera saberse), una teoría es un sistema
hipotético deductivo conformado por enunciados vinculados por la relación de
deducibilidad lógica. Los enunciados son de varios tipos: axiomas (presupuestos
iniciales), teoremas, etc. La mayoría de ellos son consecuencias lógicas de
otros, y unos pocos, (los axiomas) son los puntos de partida a partir de los
cuales se genera la red de proposiciones que constituyen la teoría. Por
ejemplo, la mecánica clásica se funda en unos pocos enunciados fundamentales, tal como la primera ley del movimiento de Newton. En el caso de la termodinámica
clásica ocurre lo mismo, por ejemplo la
ley de la conservación de la energía. En el caso de las teorías fácticas,
algunos enunciados, los denominados “consecuencias observacionales”, permiten
nada más y nada menos que establecer contacto con la experiencia, y de ese modo
se logra contrastar (confirmar o refutar) la validez de los presupuestos
fundamentales, los que frecuentemente contienen conceptos muy profundos y
abstractos. Los axiomas, por definición, no son deducibles de otros enunciados.
Se aceptan por la función que desempeñan en el sistema. De hecho, no se
consideran verdades irrefutables ni susceptibles de ser examinadas y
eventualmente corregidas o incluso abandonadas. Esta es una de las razones por
las que la ciencia, a diferencia de lo que se piensa vulgarmente, es
conocimiento perfectible y provisorio, y aún las leyes más fundamentales y consolidadas se consideran hipótesis. Por
ejemplo, el desarrollo de la Teoría de la Relatividad trajo como consecuencia
la necesidad de la revisión del supuesto de la invariabilidad de la coordenada
temporal respecto del sistema de referencia empleado.
Ahora bien, una teoría no se agota en su aspecto formal (lógico). Al
fin y al cabo, las teorías se inventan para dar cuenta de algún sector de la
realidad, por lo tanto, es crucial el análisis de su aspecto semántico, o sea,
el significado de los conceptos que maneja y la adecuación de éstos a los
hechos que son referentes de la teoría. En algunos casos los presupuestos están
formulados explícitamente, pero en otros no, por lo que es necesarios rastrearlos mediante el análisis, tarea
que es de vital importancia, ya que es posible construir teorías que sean
formalmente válidas pero semánticamente inconsistentes Por ejemplo, puede
diseñarse una teoría de los duendes que tenga una estructura lógica
impecablemente formulada, pero esta teoría adolece de un defecto fundamental: la
extremada debilidad del supuesto que afirma la existencia real de los duendes. O
sea, si bien la referencia de la
teoría puede estar bien determinada, su extensión
(aplicabilidad a la realidad, por así decirlo), puede ser vacía.
Segunda cuestión. Como es sabido, (o debiera saberse), una teoría no es
una isla, es decir no se encuentra aislada del resto del conocimiento. Así, por
ejemplo, la Biología se nutre de la Química, y ésta a su vez de la Física, y
cualquier modificación de importancia que pueda darse en alguna de estas
ciencias puede afectar a las otras, ya que existen relaciones bidireccionales
entre las citadas disciplinas. Esto no implica que alguna deba necesariamente
reducirse a otra, ya que cada disciplina tiene leyes que les son propias. De
esto se desprende una importante característica de una teoría madura, y es que
debe ser compatible con el resto del conocimiento bien consolidado.
Volvamos al fin a la pregunta inicial. Tomemos como ejemplo el
Psicoanálisis. En este caso los supuestos básicos están formulados
explícitamente, por ejemplo, la hipótesis de la existencia de entidades
denominadas “yo”, “ello” y “super yo”, como constituyentes esenciales del
“aparato psíquico”. Ocurre que intentar explicar la conducta sin atender o no
atendiendo lo suficiente al sistema neuro-endócrino es como tratar de explicar
las reacciones químicas sin tener en cuenta la naturaleza y las propiedades de
los átomos y las moléculas. Es como tratar de explicar la digestión
prescindiendo de la estructura anatómica y la fisiología de un sistema digestivo. De modo que,
independientemente del contenido de la doctrina que pueda formularse en bases a los supuestos básicos psicoanalíticos, se hace prioritario
el análisis de tales supuestos, y sopesar la compatibilidad de los mismos con
el mejor conocimiento disponible y confirmado, en este caso, el que nos
proporcionan la farmacología y la fisiología del sistema nervioso, que nos
ofrecen espectaculares avances. Nos atrevemos a afirmar: no importa cuán popular, difundida o aceptada sea una doctrina o
sistema de ideas, puede que sus
supuestos básicos sean insostenibles y
no se correspondan con la realidad.
Otro ejemplo. La teoría del campo morfogenético de Rupert Sheldrake
postula la existencia de campos no
físicos que existen en otra
dimensión. Creo que la sola mención de “otra dimensión” abre la puerta a la
especulación descontrolada. Además, se
pretende explicar cómo esos campos se organizan e interactúan para conformar un
campo general responsable del desarrollo de organismos, etc. En todo caso, es
válido e inevitable preguntarse ¿cómo es
entonces que puede lograrse conocer lo que ocurre en la “otra dimensión”?
El término “energía” constituye otro comodín extensamente empleado en
la actualidad para adecuarlo a la descripción (siempre vaga, nunca precisa y
detallada) de innumerables eventos no bien conocidos. Es común que se hable de
“energía cósmica”, “energía espiritual”, entre otros términos. Se han
construido ideologías enteras en base a una confusión: el tratamiento del
referente del término como una entidad de existencia autónoma, como sustancia y
no como atributo. La energía no existe si no existe la entidad material que la posee.
Además, es una propiedad de las cosas concretas y no de las
abstractas, de modo que no tiene sentido (salvo metafóricamente) hablar de la
energía independiente de la materia, (1) así como de la energía de las ideas, de los números, de las teorías o
de los fantasmas o espíritus, inmateriales por definición.
Para ir concluyendo, creo que es necesario hacer extensivos los
criterios expresados en este ensayo a la
vida cotidiana. Un ejemplo típico lo constituyen las estériles discusiones
acerca de religiones o dioses, y en estos casos los supuestos involucrados están implícitos, siendo además completamente
antagónicos; por ejemplo, desde un lado se afirma la existencia de lo sobrenatural y desde el
otro no, por lo que la discusión, a fin de cuentas, suele reducirse a la
evaluación de esos supuestos, en cuanto a su consistencia, su posibilidad fáctica y su viabilidad.
(1)
Nos estamos refiriendo al concepto
general de materia que se maneja en la física y filosofía actuales, de modo que
incluye objetos dotados de masa como también los campos de fuerza y las ondas.